
Hagamos un acuerdo, sonriamos. Yo me tropiezo, usted igual y no debiera ser el fin de ningún mundo. Incluyendo el de las burbujas: total, sabemos que no harán otra cosa que flotar o divertirse de los colores que obtienen a raíz del sol. ¿Y qué, si ríen más o se embriagan de tanto rebote? ¿Y qué, si en la nocturnidad se asustan al no verse reflejadas? ¿O si a veces chocan con su propia nariz que de un chispazo les vuelve a recordar lo circunferencias que son?
En el mundo de las burbujas existen colores fríos y cálidos. Igual que en el nuestro. Quizás, la cotidianeidad nos juegue en contra en eso de disfrutar del rebote. Yo misma me creo burbuja a veces, sabiendo fehacientemente que no lo soy, pero jugando a creerme una. Total, y qué si lo fuera.
Y no crean que son bobas. Si las insultan por lo frágiles que resultan ser a trasluz, aletean sus pestañas y les duele, claro, no son rocas. Pero ejercitan su respiración y en el silencio vuelven a la felicidad que les atañe de manera natural. Eso sí, no se transmutan en otras cosas, las reflejan, pero nunca se convertirán en nube –por ejemplo. Si aparecen los cardos, revientan y en la explosión se dividen en mini burbujas que luego en el jugueteo del rebote se vuelven a juntar. Así son, frescas y ante todo vitales. No duermen mucho, al bostezar la risa las levanta y las pone al descubierto. Por eso no reniegan de si mismas. Incluso, se entretienen en el proceso de la explosión, el chispazo es una fiesta siempre. Y si son pequeñas o grandes no se pelean el aire.








