De las burbujas

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Hagamos un acuerdo, sonriamos. Yo me tropiezo, usted igual y no debiera ser el fin de ningún mundo. Incluyendo el de las burbujas: total, sabemos que no harán otra cosa que flotar o divertirse de los colores que obtienen a raíz del sol. ¿Y qué, si ríen más o se embriagan de tanto rebote? ¿Y qué, si en la nocturnidad se asustan al no verse reflejadas? ¿O si a veces chocan con su propia nariz que de un chispazo les vuelve a recordar lo circunferencias que son?

 

En el mundo de las burbujas existen colores fríos y cálidos. Igual que en el nuestro. Quizás, la cotidianeidad nos juegue en contra en eso de disfrutar del rebote. Yo misma me creo burbuja a veces, sabiendo fehacientemente que no lo soy, pero jugando a creerme una. Total, y qué si lo fuera.

 

Y no crean que son bobas. Si las insultan por lo frágiles que resultan ser a trasluz, aletean sus pestañas y les duele, claro, no son rocas. Pero ejercitan su respiración y en el silencio vuelven a la felicidad que les atañe de manera natural. Eso sí, no se transmutan en otras cosas, las reflejan, pero nunca se convertirán en nube –por ejemplo. Si aparecen los cardos, revientan y en la explosión se dividen en mini burbujas que luego en el jugueteo del rebote se vuelven a juntar. Así son, frescas y ante todo vitales. No duermen mucho, al bostezar la risa las levanta y las pone al descubierto. Por eso no reniegan de si mismas. Incluso, se entretienen en el proceso de la explosión, el chispazo es una fiesta siempre. Y si son pequeñas o grandes no se pelean el aire.

Aprendiz de mariposa, con vergüenza de crisálida

La tentación es la luz y los colores, el vértigo.

Mientras la luz la persuade a

asomarse a ser parte de la escena, los

colores la distinguen del resto.

Se agazapa en el rubor que le provoca su figura

y gira.

Sobre lo alto de donde está, gira.

 

Y es el viento esta vez, el silencio

cortado por el oxígeno, la

frescura, la piel erizada

y ese roce cristalino.

 

Es el viento, caminando

-los ojos bien abiertos-

la nocturnidad del aliento;

el vacío.

-descalza, en actitud juguetona con la arena.

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Y es sólo una imagen rodeada de aire y sal.

Quizás el principio, quizás el final.

Crisálida

“Más que por la A de amor estoy por la A
de asma, y me ahogo
de tu no aire, ábreme
alta mía única anclada ahí, no es bueno
el avión de palo en el que yaces con
vidrio y todo en esas tablas precipicias,”
Gonzalo Rojas




No basta con decir que se está dentro de un cajón, de esos de vidrio bajo tierra.

Bastaría tan sólo con decir el aire que respiro es escaso aquí dentro, mi cuerpo no puede crecer más o correr o saltar o moverse libremente -ó, en mi caso- imaginar salir del cajón mientras el sol -imaginario- me inundaba con sus rayos.

Basta con sentirse el aliento agotado de cajón y tierra para decirse primero: ¿vale la pena que siga yo dentro de este cajón, si respiro y por ende palpito dentro de ésto que me agobia?

Diré que me bastó el cajón por un tiempo. los segundos fueron mínimos, las tareas fueron acotadas, el mismo esfuerzo era así mismo el máximo dentro de las posibilidades que tenía.

Pero bastó un día en el que mis recursos aéreos se agotaron y ya no me bastaba imaginar el sonido de los pájaros, se apoderó de mí la urgencia de oírlos y no sabía como liberarme. ahí mismo tras el aliento vino la imagen del cuerpo encerrado y mis pies a lo largo y mis manos frías y mi nariz entumecida y ahí mismo sentí un rayo que me recorrió por dentro, tras la conciencia del cuerpo, la certeza de la luz. Una luz interna que no se veía.

Busqué en mis ropas la llave, pues siempre existe una llave y una cerradura dentro de uno y tras verla y sentirla, abrí el cajón.

El aire que ingresó fue frío. Me asusté. Entre el aire que respiro y el aire que rodeaba al cajón estaba el frío y el olor de la tierra y el oxígeno puro, sin relecturas, sin segundas y terceras respiraciones.

Me detuve, sin cerrar el cajón. Ahí mismo la alegría de lo fácil que había sido dar el primer paso. Y lo desconocido al mismo tiempo. ¿Será que es el momento de salir? Pero yo ya sabía que no podría volver a cerrar la tapa de vidrio sobre mí. Resultaba imposible volver atrás. Me senté, doblé mis pies, sentí mi cuerpo, toqué mis pies y volví a decirme ¿Ves? Ya no sólo ves tu cuerpo de lejos, sino que lo puedes tocar, lo puedes oler, incluso saborear.

Y sentada, sentí mi cuerpo inflarse como esponja y las orillas del cajón chocaron con mi propia piel blanca.

Allí vi claramente la tarea y la urgencia y la alegría: salir del cajón.

Rasqué como pude las piedras, las hojas y las raíces y salí. No me pregunten cómo, pero salí.

Una vez afuera me sacudí y erguida sentí lo nuevo. El cielo azul, la luz del sol, el aire tibio, las flores, los pájaros y me estiré. Tan larga como pude y a pesar del mareo y a pesar del vértigo y a pesar de la felicidad y la tristeza que sentí, me estiré. Alargué mis brazos hacia el sol y no pude hablar. Un silencio vivo se apoderó de mí.

 

 

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Reflejo

Marcela salió de su casa ese día, dejó la puerta abierta
Y la tetera hirviendo.

Marcela sabe que su ausencia es presencia
Y al revés.
Intuye que su vida es más de lo que es ahora.

Algo le llega desde afuera
Revoloteos de mariposas blancas
Que la llaman hacia la puerta

Ese día dejó el delantal de cocina en la puerta de calle
y no sintió remordimientos.

Que el gas, que el baño, que la ropa que la plancha
Que el patio y la basura, mañana pagar la luz

Caminando recordó la explosión en su casa
La hora del hombre sentado a la mesa, esperando.

Los árboles de la calle la abrazaron en su caída
Se desvaneció en pedazos de aire, mientras caminaba
El concreto era sutil, la panadería de barrio y la fila de comensales, salivando
Mujeres en chalas y ropa de diario haciendo lo suyo con los niños o la escoba
Hombres en la escalera de casa, esperando el jornal
o sólo compartiendo angustias.

Tomó una micro, hacia donde
Y se sentó, asustada de la gente y el espacio
Sólo algunos vendedores
Y mujeres acarreando niños desde la pega,
Con bolsos colgando y carteras.

De pronto sintió seguridad de estar allí sentada
Mientras el vaivén del bus y la realidad se mostraba
Frente a sus ojos abiertos.

Buscó en sus bolsillos algo que le recordara quién era,
sólo algunas boletas desgastadas, con prenda de botellas
y algunas monedas de peso y cinco.

Sonrió. El bus comenzó a alejarse y el paisaje era verde
Entre casas de concreto y calles limpias.
Personas entrando, saliendo
Y lejos, el cerro amarillo de siempre en sus ojos.

 

 

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Alma mantiene me.



Brillo de la luz en mis ojos cada mañana
Levántame y no me eches a rodar sin piel
Duele el sol sobre la carne
Duele el sol sobre las cosas
Duele no respirar alegremente
y agradecerlo.

Alma mía de todos los días
El pan y el vino
Sólo y solamente
Nada más
Mírame de frente
Mantiéneme alerta.

Caigo, cada vez
Y acostumbrada a no suspenderme
A no entender la caída.

Caigo y sólo veo mi caída
Sólo puedo mirarme cayendo.

 

 

 

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Travesía


Mientras las olas, afuera
la madera sobre el río, flotando.

Y el corazón, suavemente,
Siguiendo el movimiento de esta travesía
por el mar de la renuncia y el término

En el vaivén sólo el agua bajo los pies
y el frío de las tardes en los árboles húmedos

Mis manos y el humo en la montaña verdosa
La madera quemándose,
La tetera y el te con canela hirviendo
El pan

Frazada hecha a mano sobre los hombros
y mis ojos, esperando compartir ese instante

¿alguien vive en este barco?

Ojos, encuentra sus ojos en la niebla
Sí, y sólo disfruta el verlos, por fin.

Rostro semialargado por la pena que te encoje desde los pies
Y que baja tu cuello a media altura

Puedes ver a alguien desde donde estás ahora?

Vapor de las calderas de este barco de metal blanco
me estoy yendo a esa casa,
que se entibia y derrite en mis ojos.

 

 

 

 

 

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Imagen: Coté Santana

 

 

 

Ajedrez



Juego a veces, para no espantar a nadie
Trato que la contrainteligencia no me descubra.

 

 

 

 

 

 

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En el caminante, descanso

Lo veo tras las rendijas de este sol
Y creo en él, susurrando:

Vamos hombre, usted puede contra el viento
Y el follaje del desierto.


Sé que el hombre ha podido seguir caminando
A pesar de sí mismo, y creo en esa luz que tintinea
tras sus ojos, la veo y tras los míos también
/ aún cuando sólo fuese un holograma de vagabundo.

 

 

 

 

 

 

 

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En el caminante, descanso

 

 

Lo veo tras las rendijas de este sol

Y creo en él, susurrando:

 

Vamos hombre, usted puede contra el viento

Y el follaje del desierto.

 

Sé que el hombre ha podido seguir caminando

A pesar de sí mismo, y creo en esa luz que tintinea

tras sus ojos, la veo y tras los míos también

/ aún cuando sólo fuese un holograma de vagabundo.

Dime Marcela, que ves?

 

Marcela se levanta y viste cada mañana

con la misma ropa del closet.

 

Camina por el pasillo y riega las plantas.

 

Se sienta a ver desde su ventana

y la cotidianeidad tras el vidrio abierto de par en par.

 

Marcela toma líquido durante el día, come

lo necesario y cree

en la mañana siguiente.

 

Necesita sol en sus piernas

y bajo ellas.

Habla por el teléfono y con ella misma.

 

Marcela espera ver al príncipe azul atravesar por la puerta

Se emociona con los colores fuertes y se agazapa en su almohada cada vez que llora.

 

 

 

 

 

 

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